domingo , 22 septiembre 2019
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La renovación del «Alma Argentina»: como creció bajo la sombra de la «Generación dorada» y el liderazgo del Rey Luis V

— ¿Hay recambio? ¿Viene algo detrás de la Generación Dorada?

Hace unos años la frase se repetía entre los que no conocían tanto de básquet y se habían enamorado de la mejor selección de la historia del deporte argentino. Muchos de ellos parecieron desencantados cuando Argentina quedó afuera en octavos de final en el Mundial 2014 y terminó en el 11° puesto tras una dura derrota ante Brasil. Parecía el fin para aquellos amantes de las rápidas aseveraciones («viste que no había nada atrás», decían ratificando su «pronóstico») que no podían ver que los procesos son lentos y se transitan paso a paso. Los recambios generacionales no se gestan en poco tiempo, se trabajan, necesitan un tiempo de cocción y maduración. Y así fue que, entre críticas y comparaciones, esta nueva camada se gestó. En silencio, a la sombra de ese «monstruo» que fue la Generación Dorada. Porque aquella camada fue todo. Ganó todo, emocionó y dio los mejores ejemplos durante más de una década. Cómo empezar entonces a caminar, a hacer un camino propio, después de semejantes huellas. ¿Cómo llenás esos zapatos?

De a poco, con pasos cortitos y firmes, la nueva banda se fue armando. A nivel individual y colectivo. Con el acompañamiento de aquellos sobrevivientes de la Generación Dorada que pudieron y quisieron acompañar, en especial Luis Scola y Andrés Nocioni. Ellos marcaron el camino, aconsejaron y enseñaron. En la intimidad. Con muchos hechos y algunas palabras, como fue la forma de liderazgo de la Generación Dorada. Y así se fue desandando el camino. La primera gran piedra fundacional fue la del 2015, en México. Aquella épica clasificación olímpica, ganándole al local en semi, ante 15.000 personas, fue el comienzo de esta historia grande que se goza hoy. Río 2016, al otro año, resultó más una transición, porque volvió Manu y todo giró a su alrededor, de su «despedida». Hubo algunos momentos grandiosos, como aquel triunfazo al local Brasil en un partido para la historia. Pero, afuera de cuartos, los Juegos Olímpicos sirvieron más que nada para la experiencia, para que los más pichones (Campazzo, Laprovittola, Deck, Brussino, Delía y Garino) se codearan con los top y siguieran rodando en el máximo nivel.

En 2017 llegaron las ventanas eliminatorias, el nuevo formato para clasificarse al Mundial, y la Americup, con los mejores del continente. Y Argentina empezó a competir, como podía, porque no podía contar con varias de sus figuras (sobre todo Campazzo) por el conflicto FIBA-Euroliga. Pero con el amor, la pasión y el compromiso de siempre. Representado en Scola. A los 37/38 años, consagrado y todo, el Rey Luis V (por su quinto Mundial) se venía desde China. Se bancaba un día y medio arriba de un avión (ida y vuelta a China) para estar apenas cinco y jugar los dos partidos de cada ventana. Uno de los tantos hechos que inspiró a esta nueva camada.

En ese trayecto, el flamante grupo empezó a mostrar las uñas (y el potencial), llegando a la final de la Americup. También hubo momentos duros. Como la derrota ante Estados Unidos en la definición de la Americup en Córdoba. O como aquella inesperada derrota ante Uruguay en Olavarría, en febrero de 2018, que encendió las alarmas. Pero este equipo se sobrepuso. Seis meses después a ese mismo Uruguay le ganó por 44 en Montevideo. Y así, con paciencia, construyó su juego. Y su confianza. Ladrillo por ladrillo. No es casualidad que hace un año, tras un triunfazo ante Puerto Rico (106-84), Scola le confesara a Sergio Hernández que «si nos preparamos bien, podemos ser semifinalistas en el Mundial, porque este es un gran equipo en serio».

El crecimiento era evidente. Lo colectivo había cambiado. Y lo individual también. Facu Campazzo se había convertido en estrella del Real Madrid y en uno de los tres mejores bases de Europa. Nico Laprovittola había dado vuelta su historia y, tras sufrir en Rusia, se convertía en el MVP de la liga española, la mejor luego de la NBA. Gabriel Deck ya no sólo era el mejor de la Liga Nacional, había pasado a ser un obrero de lujo del Real. Luca Vildoza había plasmado su enorme talento en su primera temporada (Baskonia) ante los mejores bases de Europa. Pato Garino se había recuperado de las lesiones y de su bajón anímico para volver a ser un jugador determinante en el Baskonia, por su defensa y mejorado tiro. Delía ya había tenido su bautismo ante los mejores de España y había crecido. Ya no era Marquitos, se había transformado en un jugador fundamental en una posición donde falta más que sobra. Nico Brussino había empezado a demostrar, con regularidad, esos flashes de enorme talento ofensivo que tiene y Máximo Fjellerup había empezado a despertar el interés NBA por su tremenda capacidad física.

Así, uno a uno, bajo el ala de Scola. Capaz de convencer a todos que había que hacer el enorme esfuerzo de cambiar la dieta, de entrenar entre temporadas y hacer los esfuerzos que había que hacer para volver a escribir la historia. Como él, que a los 39 años, ya consagrado, se construyó una canchita en su campo y se internó durante 14 semanas, con un preparador físico y un coach de habilidades, para llegar mejor a los entrenamientos. Sí, lo hizo antes de empezar a entrenar. Y luego se bancó 60 días de concentración, primero Lima y ahora el Mundial. ¡A su edad y ya consagrado! ¿Cómo los más pibes, después, no lo van a seguir, cómo no se van a matar, si ven que uno de los mejores deportistas de la historia del país hace una cosa así? ¿Cómo no vas a creer en lo imposible si ves que, a los 39, Luifa promedia 17.8 puntos y 7.3 rebotes en un Mundial? ¿Cómo nos va a ir a la guerra con un líder así?

Así, de a poco, también se construyó un grupo unido, capaz de juntarse en Navidad en Madrid para pasar juntos las Fiestas, en una prueba fiel de esa hermandad de camiseta que había emocionado de la Generación Dorada. Así crecieron. Como un puño. Así se bancaron la pesadísima mochila que se les colgó por llegar después de la Generación Dorada. No renegaron nunca. Dijeron que la GD era un orgullo, que les había enseñado mucho, que los había inspirado. Sólo pidieron, con respeto, que los dejaran hacer su camino.

Así creció el Alma Argentina. Un nombre, de marketing sí, pero que refleja mejor que ningún otro qué tuvo esta nueva camada. Alma. El Alma de la otra camada. Los mismos intangibles. Los mismos valores que se han trasladado en el tiempo: profesionalismo, ambición, carácter, humildad, seriedad, responsabilidad, conducta (intachable), sacrificio, compromiso, pasión y disciplina. Cada uno de los atributos necesarios para armar un gran equipo. Como enseñaron los líderes de la Generación Dorada, cada uno dejó los egos en una cajita cada vez que llegó al seleccionado. Nadie pidió tiros, minutos, titularidad. Nada. Cada uno «se entregó». A un técnico, a un grupo, a una bandera, a sus compañeros… Todos tenían claro el camino. Sabían, por el ejemplo Generación Dorada, que nada es más importante que el equipo, que juntos serían más que la suma de las partes, que por separado no llegarían a nada, que todos juntos serían mucho más fuertes…

Y hoy, en el máximo escenario, se vio contra Serbia. Seamos realistas: en los papeles lucía imposible. O casi. Jugador por jugador. Talento por talento. Era imposible. O al menos muuuy difícil. Sobre todo en un deporte tan lógico como el básquet. Pero estos chicos tienen ese no sé qué. Eso que tenía la GD. Pero con menos talento. Por eso lo de hoy es épico: sin dudas una de las 3/5 victorias más importantes de la historia y una de las mayores sorpresas en la historia contemporánea del básquet mundial. Para festejar como loco. Y para atesorar en la memoria colectiva de todos los argentinos.
El proceso. El creer en un proceso. El proceso de un equipo que, como la Generación Dorada, traspasa la pantalla, conmueve, emociona. Te hace levantar temprano sin dudarlo. Te levanta de la silla, te saca sensaciones escondidas, te hace saltar del sillón y gritar, te hace lagrimear frente a la tele… Un equipo que también nos enseña, que es un ejemplo inspirador. Para un país. Para nosotros, los argentinos, que como sociedad vivimos fracasando. Como comunidad nos cuesta tanto trabajo armar equipo y funcionar como tal. El deporte, muchas veces minimizado, nos vive dando grandes muestras y el básquet, especialmente, lo viene haciendo hace casi dos décadas, estando en la elite mundial de un deporte de gente muy alta, cuando justamente en las calles argentinas no cruzamos a casi nadie de 2 metros… Qué loco, ¿no?

Esta Selección, una vez más, como la Generación Dorada, nos hace quedar muy bien en el mundo. Y nos demuestra cómo 20 personas (sumen a un cuerpo técnico, de elite como los jugadores) pueden convivir, comportarse de forma intachable y ser mejores de lo que son individualmente. El NOS por sobre el YO. Saber ganar y saber perder. Todo eso. Tan simple y tan difícil a la vez. Mirá si pudiéramos mirarlos y copiar, en vez de vivir entre grietas, entre blanco y negro, entre egoísmos, individualismos y miserias. Esta Selección entregó su Alma y nos enseñó. Mucho más que de básquet. ¡Gracias!

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